lunes, 28 de abril de 2014

Un sábado en París.

Los más delicados perfumes se guardan en frascos minúsculos y se consumen en el cuello de las mujeres más sencillas.
Así, estas fragancias pueden proceder de algún beso, o del aliento mañanero en la nuca de tu amor, o del sonido de la risa que se impregna en tu cabeza cuando tu madre se ríe, las lágrimas de algún funeral o los gemidos y sudores que las noches más pasionales albergan.
Nada traba más que un olor característico o música desconcertante.
Arriba, ya en el ático, dos palomas acurrucan a los pollitos. Amor de madres primerizas.
Se empañan los cristales del tren. Las estaciones más frías se pasan a solas junto al vaho del cristal derecho de su coche, con un corazón perforado y dos iniciales. Se desentiende el dueño de aquel amor pasajero que ya había logrado olvidar cuando es la luna la que hace amago de recordárselo con su suave reflejo. Ya brilla algo menos.
Son farolas que se van fundiendo y velas que se apagan cuando un niño las sopla. Pide un deseo.
Dos atropellados, en el hospital, habitaciones frías y serias. Se oyen risas, es la cafetería de enfrente. Más familias.
Una pareja. Dos. Tres y cuatro.
Un vagabundo.
Un par de músicos.
Tres tiendas.
Cuatro libros rebajados.
Cinco besos.
Seis horas de viaje a París, ciudad del amor y de gastos incoherentes. Amor caro. Superficial. Bastardo. Mejor que a París, a un sábado, con películas y un domingo sin consumirse por delante.
Mañana amanece de madrugada diciendo que todo lo que querías era yo y un sábado.

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