Si me pongo a rememorar, lo primero que se me pasa por la
cabeza son las miradas que nos echábamos, era una mirada capaz de atravesarte, hacerte
sentir en un segundo lo que muchas personas no eran capaces de transmitirte en
horas de aburrida conversación. Ella tenía energía y la transmitía, transmitía
positivad, fue con ella cuando mis bajones disminuyeron hasta casi desaparecer
y ha sido con su perdida cuando han aumentado hasta límites que jamás pensé.
Pero dejemos de piropear al demonio.
La muy… me abandonó a mi suerte, a mi pesar. Y se escudó en
baratas excusas para intentar hacerme sentir mejor, cosa que no consiguió. Y es
que, cuando una persona depende tanto de otra, corre el riesgo de que, lamentablemente,
ésta le falle y cuando eso ocurre las locuras, las miradas sensibles, los celos
aparentemente inexistentes y todos los gratos pensamientos que tenías sobre
ella se convierten en asco, en desprecio y en una sensación de amor-odio difícil
de definir con la única arma que poseo para estas situaciones: las palabras.
Aun recuerdo cuando me decía cuanto me quería, cuanto me
necesitaba… Ahora se lo dice a otro gilipollas, como yo, pero menos genio y
algo más humilde. Le pegaría una paliza. Quizás me equivoque, que es lo más
posible, pero mi situación hace que me convenza a mi mismo de que él no la merece
y de que ella aún me echa de menos. Y es que aun sin quererlo, la quiero como
nunca había querido a alguien hasta que la quise.
No hay comentarios:
Publicar un comentario