sábado, 24 de mayo de 2014

Asesina.

Eran las cinco de la mañana, nuestro joven amigo se disponía a finalizar la noche, el whisky se había acabado hacía ya casi una hora y le estaba empezando a bajar la borrachera, era el momento idóneo para irse a dormir. Se acercó a la cama y ahí estaba, deshecha, tal y como la había dejado por el medio día. La arregló un poco, se desnudó y durmió.
A la mañana siguiente, despertado por un rayo de sol, abrió los ojos: “Mierda, se me olvidó cerrar la persiana anoche” se dijo a si mismo. El chico se conocía, sabía perfectamente que no podría volver a conciliar el sueño, así que se duchó y fue a clase, algo raro en él ya que solía pasarse los días durmiendo y solo iba al instituto en casos excepcionales como ese.
Al entrar por la puerta del aula se oyeron algunas risas “¿Otra vez la persiana?” decían desde el final de la clase. Puso cara de asco y se sentó. El aula era bastante pequeña, apenas eran unos pocos alumnos en la clase así que no había necesidad de ocupar más espacio.
Empezó la clase y, al no ir sobrio, ya se aburría. Todos conocían el problema que tenía con el alcohol, lo que nadie sabía era la raíz del mismo, el porqué, y a él no le gustaba mucho recordarlo.
Pasaron las horas, historia, castellano, filosofía… pese a no ir a clase era un chico bastante inteligente y la mayoría de las cosas que explicaban ya las conocía y así había ido pasando de curso durante toda su vida hasta hace dos años que repitió por confiado.
Por fin llegó el momento de volver a casa, no sin antes pasar por una licorería que le pillaba de camino y comprar un par de botellas de vino. Al ir a pagar ,el dependiente, que ya le había visto más de una vez comprar alcohol en su tienda, comenzó a hablarle:
-         Chico, el alcohol no lo es todo en la vida –
-         Lo sé –
-         Y si lo sabes ¿Por qué sigues comprando tanto? –
-         Los vacíos hay que llenarlos –
-         Pero hay más maneras de llenar esos vacíos a parte del alcohol –
-         No lo creo, el alcohol es el único que, como ella en su momento, me convence para pasar la noche despierto a su lado, es el único que me hace creer que soy feliz.
Cogió sus botellas, dejó el dinero y se fue. 

Cuando llegó a su casa, sin intercambiar palabra alguna con ningún familiar fue a su habitación y se emborrachó hasta las dichosas cinco de la madrugada.

Levantó a la mañana siguiente, eran ya las doce. Se asomó a la ventana, bostezó y se encendió un cigarro. Era un día nublado en el que los coches pasaban y él pensaba en saltar.
No hay huevos.
Al cabo de un rato se sentó en su escritorio y se dispuso a redactar los versos más tristes que se le pasaron por la cabeza. El sentimiento que recorría su espalda era una mezcla entre odio y amor hacia la misma persona, asco y admiración. Necesidad.
Se pasó el día ahí sentado. Sin ni siquiera comer. Volvió a bajar a la licorería para preparar la noche, esta vez el dependiente no le dijo nada pese a que compró mucho más alcohol del que solía.
Apareció la luna y con ella empezó el espectáculo. Él bebía y bebía… whisky, vino, vodka…  hasta que no pudo más y cayó al frío suelo, con él también cayó la última botella que aún contenía su amado líquido.
A la mañana siguiente le encontraron muerto entre cristales de la botella que se había roto y un charco del contenido de la misma. Los médicos dijeron que murió debido a un coma etílico. Pero él escribió algo totalmente distinto, con carmín en el cristal de la ventana:
“No me atreví a saltar esta mañana, pero sé que de esta noche no voy a pasar. Así que quiero que todo el mundo sepa de que he muerto. De amor, de desamor más bien… y ella… ella es mi asesina, perdonadla”

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